Soneto III
Y, entonces, por perderse en el sosiego
-no siempre ha de durar la marejada-,
la calma que, llenando la ensenada,
la noche ve volver con su despego.
Y el mar, que se revuelve en ese juego,
que luego se fatiga y, descansada,
se dice otrora dama cautivada,
la novia de ese faro nocherniego.
La aurora habrá de ver la nubarada,
si huyendo se la ve en lo más lejano,
que el sueño del verano pide sueño.
Lo sabe bien la brisa del verano,
la luz de la mañana regalada,
el eco de la brisa de Carreño.
2025 © José Ramón Muñiz Álvarez

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