La luz del alba vino
I
La luz del alba vino,
rozando la belleza
de un mar alborotado,
violento como el viento cuando, recio,
azota el eucalipto de los montes.
Y azota el eucalipto de los montes
cuando la luz del albanos llena, con su brillo,
de tantas bendiciones, tantos oros
que prenden en los pórticos del día.
II
Y, en esta marejada,
los golpes de la espuma
parecen asediarnos.
Parecen asediarnos las galernas,
llegado ya septiembre, pues septiembre
nos hiere con preludios del otoño.
Y, entonces, despidiéndonos
del beso del verano
-parece ser un beso que se fuga-,
sentimos que no queda otro remedio:
III
muy pronto, ya en octubre,
las noches poderosas,
haciéndose tempranas,
querrán robarnos horas de alegría.
Sabrán robarnos horas de alegría
las lluvias repentinas, las ventanas
que acogen cada gota.
Y, viendo los cristales,
de pronto, en la tristeza del crepúsculo,
será de nuevo el tiempo un acertijo.
IV
Y pienso que es el tiempo
la voz del acertijo,
que, hablando en las espumas,
gozando con las olas levantadas,
nos dice lo que dicen los ocasos.
Nos dice lo que dicen los ocasos
también la ventolera
que ruge donde doblan,
azules, melancólicos, sensibles,
los altos eucaliptos de los montes.
V
Los altos eucaliptos,
las briznas de la hierba,
la espuma en cada playa…
Y el sol, que, acobardado, se retira,
buscando, tras oscuros nubarrones,
la calma que no alientan, al buscarlo,
el mar, la arena, el verso
del agua en los guijarros
callados del pedrero, cada roca,
las cuestas, los cantiles y los verdes…
VI
El viento los desnuda,
desnuda este verano,
llamando a los otoños.
Llamando a los otoños, con sus risas,
la voz del aguacero caprichoso,
que es siempre caprichoso el aguacero
-yo sé que es caprichoso,
que alegra la mañana,
golpeando las aceras y el asfalto-.
Septiembre viene siempre con tristeza…
2025 © José Ramón Muñiz Álvarez

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